
Mi hijo
Sería injusto empezar sin hablar de él, porque es el verdadero responsable de que hoy esté aquí.
Como le ocurrió a San Pablo, mi hijo me tiró del caballo allá por 2016, obligándome a cuestionar todo lo que había aprendido hasta entonces, tanto en la facultad como en los cursos de postgrado.
Aquel año debutó con un problema grave de salud asociado a una maloclusión dental. Lo que podría haber sido un verdadero trastorno para él y para toda la familia resultó ser una bendición para mí.
Al cumplir un año, empezó a sufrir bronquitis de repetición cada dos meses: tos de foca, muchísimos mocos, dificultad para respirar. Al no mejorar con los tratamientos básicos, le diagnosticaron un Síndrome Bronquial Obstructivo Recurrente (SBOR) y pasó a necesitar Ventolín y Dezacor. Tras un año sin mejoría, se empezó a valorar un posible cuadro asmático, con medicación de por vida.
Mientras tanto, un día que le hacía una foto en la calle, me di cuenta de que presentaba una maloclusión Clase III de Angle con mordida invertida.

Me eché las manos a la cabeza: esta es posiblemente la peor de todas las maloclusiones y requiere mucho tiempo y esfuerzo corregirla. Y, además —algo que todavía se enseña en la facultad, en los másteres y en las publicaciones científicas—, se considera de origen genético.
¿El "tratamiento estándar"? Este tipo de maloclusión se trata, generalmente, con aparatología extraoral (mentonera o máscara facial) para frenar el crecimiento mandibular a edades tempranas, complementada más tarde con ortodoncia. Si no se corrige a tiempo, en la adolescencia o en la edad adulta es necesaria la cirugía ortognática.
En resumen: una auténtica prueba para el paciente y la familia, no solo por el coste económico —que muchas veces es lo de menos, porque son nuestros hijos—, sino por los años y el sufrimiento que hay que soportar.
Yo aplicaba este "tratamiento estándar" a todos mis pacientes. Es lo que nos han enseñado siempre y lo que se sigue haciendo en la mayoría de los casos.
Pero mi hijo lo cambió todo. No sabría explicar por qué, pero algo hizo clic en mi cabeza y empecé a dudar del protocolo que seguíamos hasta entonces. Algo no me cuadraba en el diagnóstico: en su caso no había componente genético alguno. Empecé a cuestionar lo aprendido y a investigar otros caminos.
Una imagen vale más que mil palabras:
Lo resolví en 6 meses. Sin aparatos. Sin cirugía.

Me quedé sin palabras. Fue mi primer paciente tratado con un enfoque integral, basado en la odontología funcional, pensando de manera distinta. Y funcionó.
¿Qué me habían estado enseñando hasta entonces? ¿Por qué no me enseñaron esto en la facultad? Ni lo entendía entonces ni lo entiendo ahora, porque sigue sin enseñarse.
Así está mi hijo en 2026:

No fue casualidad, ni fue el único caso de su especie. Mi hijo fue el primero de muchos que vinieron después. Desde entonces no he dejado de investigar y formarme en otras disciplinas de la salud, descubriendo cómo la boca y las estructuras que la rodean conectan con el resto del cuerpo. Ya nadie me baja de este tren ni de esta filosofía de trabajo. Lo único que lamento es no haberme dado cuenta antes.
