
Mi enfoque
Desde siempre, en Medicina se estudia y se ejerce por especialidades. Nadie nos enseñó que el cuerpo es uno solo y que todas sus partes están conectadas. En odontología esto resulta especialmente llamativo: la boca es la puerta de entrada a muchos de nuestros sistemas y, sin embargo, apenas se tiene en cuenta.
Un especialista en aparato digestivo rara vez comprueba si su paciente tiene piezas suficientes para masticar bien. Un otorrino no siempre valora si una respiración bucal permanente está detrás de una patología de amígdalas. Un especialista en el sistema inmune no suele revisar si un problema en la microbiota oral —o incluso una cicatriz— está alterando la regulación del sistema nervioso autónomo.
Seguimos tratando por especialidades como si en el cuello existiera una frontera: de cuello para arriba y de cuello para abajo, incluida la odontología. Pensamos que lo que ocurre en la boca no pasa de la boca. Y no es así.
La historia de mi hijo cambió mi manera de entender la odontología y la salud en general. Comprendí que lo que me habían enseñado en la universidad y en el postgrado iba dirigido, sobre todo, a tratar los síntomas y las consecuencias de una patología, no a buscar y corregir su causa. Esto es especialmente evidente en ortodoncia, en los trastornos de la articulación temporomandibular (ATM) y en el bruxismo.
Si somos sinceros, la mayoría de las veces recurrimos al comodín de la genética para justificar una maloclusión, o al estrés para explicar un bruxismo. Es lo que siempre nos han dicho y lo que repetimos por inercia, sin haberlo entendido del todo. Me ha costado 26 años de profesión darme cuenta de que trabajamos siendo demasiado simplistas —"dientistas"— sin reparar en cómo influye todo lo que hacemos en el resto del sistema, para bien y para mal. Nuestro aparato estomatognático es mucho más que 32 dientes y dos articulaciones temporomandibulares.
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Una torsión mandibular involuntaria, una mala función masticatoria, deglutoria o respiratoria, una deficiente dinámica mandibular o una disfunción lingual son problemas mecánicos y funcionales que no se estudian en la facultad, pero que hay que saber resolver. El plexo braquial, el omohioideo, los trapecios, la formación reticular, el hioides, el núcleo trigémino cervical, el digástrico, el platisma, el constrictor de la faringe o la aponeurosis del temporal son estructuras íntimamente ligadas al sistema estomatognático que nunca nos enseñaron a mirar.
Todas estas estructuras tienen que funcionar correctamente para que no aparezca patología. Y no me refiero solo a patología oral —maloclusión, bruxismo, dolor articular o chasquidos en la ATM—: cefaleas, dolor cervical, tensión muscular de cara y cuello, vértigo, patología de hombro, dolor lumbar, trastornos posturales e incluso una mala pisada pueden tener su origen en un aparato estomatognático con un problema funcional o mecánico.
Podremos maquillar, poner parches, o creer que hemos corregido algo, pero no será real. El equilibrio es vital. Solo tratando el problema de base podremos restaurar la salud de nuestros pacientes. Y es alucinante saber lo mucho que la boca puede influir en el resto del cuerpo.

